El Samán Unista

El Samán Unista

viernes, 29 de septiembre de 2017

Primer Lugar. Seudónimo: Úrsula Iguarán

1ER LUGAR

Seudónimo: Úrsula Iguarán
Autor: Eukaris de Abreu
Personal Académico CL Sucre

Cumaná, 22 de mayo de 2017
 Querida Universidad: 

En el comienzo de mi carta, la palabra se muestra esquiva. No quiere llevar la esquirla de la separación a este acto unista invocado por el espíritu de la celebración. A duras penas se atreve a salir por el tragaluz de mi inspiración para permitir que te diga, mi entrañable universidad, que dejarte me rompe el corazón. Enseguida, busco en mi memoria el recuerdo de lo vivido, e imploro a esa palabra huidiza y andariega que cuente algunos pasajes del pasado. Así impido su fuga, y la sujeto con hilos de emotividad a una felicitación. Cumpleañera, con esta carta te felicito, y me despido de ti anunciando el final de una historia compartida entre tú y yo. 

Reconozco que en la antesala de nuestro tiempo no sabía de tu existencia. Por una casualidad (¿causalidadualidad?) supe que en la Playa de San Luis se encontraba una sede de la Universidad Nacional Abierta. Pocos días después, me necesitaste, y acudí a la entrevista con un novel currículum en las manos, y con ansias de superación. 

Al fin, el almanaque dejó ver la marca de mi primer día de trabajo: siete de enero de 1994. Aquella tarde mi alegría insomne continuó su marcha hacia la conquista de un anhelo que estaba asido a la oportunidad de trabajar en una universidad. Después de una frase de bienvenida, que, apenas levantando la mirada, una secretaria recitó, nada importó su terrenal anuncio: “por ahora, profesora, no hay un escritorio disponible para usted”. El fulano escritorio no ocupaba un lugar en una oficina del Centro Local, y, tampoco lo ocupaba en mi mente. En ese momento, yo no lo necesitaba, no lo quería, no lo deseaba. 

Al otro lado de la puerta, y aguardando por un audiencia, se encontraba el maestro grande de San Antonio del Golfo. Alto, gallardo e impecablemente ataviado. Entró, y luego de la presentación de rigor, y de hacerse parte del terrenal anuncio de la secretaria, manifestó su disposición para compartir conmigo el buró que durante años había tallado con la gubia de su sabiduría. Tal gesto de caballerosidad quijotesca fue el sello de mi pase a la congregación académica. Hoy, transcurridos veintitrés años, ese gesto inmortal es parte del imaginario institucional. 

De esta manera inició mi encuentro con tus asesores, mi estimada UNA. Todos veteranos y versados en el arte de la educación a distancia. Todos conocedores de la andragogía, y expertos usuarios de los materiales instruccionales. Parecía que yo tenía en contra mi escasa experiencia. Recuerdo que en un momento de soledad de aquel día bautismal, y sintiéndome un tanto apabullada, caminé hacia los jardines de tu sede. Podía ver la playa llenándose de atardecer. Los últimos bañistas, a regañadientes, se daban la zambullida final. Las cotúas rozaban el agua queriendo atrapar una moribunda ardentía.

Sin liberarme muy bien de ese influjo marino, murmuré: “Dios querido, la UNA ha puesto la vara muy alto”. En un instante, aquella orilla de mar, que le imponía un hasta aquí al Centro Local, me colmó de motivación. Entonces, me dije: “sin contar años de experiencia, la UNA me recibe y me da la oportunidad de beber la ambrosía que disfruta el maestro cuando quiere fortalecer su formación, e insiste en ser cada vez mejor”. Comencé, pues, la indagatoria sobre la particular modalidad. Interrogué a García Aretio y a Casas Armengol. Ellos me sedujeron con la teoría. Y mis estudiantes me fortalecieron con la práctica. Nada que hacer: pronto fui una profesional convencida de la pertinencia histórica de la educación a distancia, su defensora a carta cabal, y la pregonera de sus bondades. 

Abandoné la visión en blanco y negro de la educación, y pude ver las mariposas amarillas de Babilonia que anunciaban el auge excepcional de otra manera de enseñar, de otra manera de aprender. Nunca más, mi UNA, nunca más vi aquella vara que me asustó. 

Pasaron siete años desde mi llegada, y dejamos atrás a la Beatriz Elena de San Luis. Esa colonial morada te cobijó sin prestar atención a la famosa duda razonable con la que los escépticos calibraban tu aparición en el panorama educativo nacional. Para consolarnos, y aceptar la partida, los abrumados habitantes de la casa unista nos decíamos: “de aquí en adelante no habrá sal curtiendo los libros de la biblioteca; no habrá danzas vespertinas ahuyentando al famélico puri-puri; y no habrá arena inundando cada rincón”. Pero la verdad es que queríamos la sal, queríamos el puri-puri, y queríamos la arena que, por derecho propio, pertenecían a la blanca Beatriz. La partida te dolió y nos dolió en el alma. 

Un edificio de cuatro pisos ubicado en el centro de la ciudad nos recibió. Allí, presentí las consecuencias que tendría la soledad en la congregación de tus asesores. No obstante, entendí la necesidad y relevancia del cambio. Esta nueva sede con sus muchas oficinas te dio un espacio más” institucional”, más funcional, más urbano y más accesible que atrajo a numerosos estudiantes.

Con tantas ventajas a la vista, poco a poco mi nostalgia se tornó expectación, y la expectación se tornó superación. Ay…mi UNA, no puedo decir que crecer contigo fue un proceso natural. Transcurrieron ocho años, desde el inició de nuestra relación contractual, hasta que al fin me dijiste “te acepto”. Y, sí, puedo decir que valió la pena esperar. ¡Qué bueno que la esperanza de la caja de Pandora no se pudo escapar!

Por esa época, visité tu asiento central. En San Bernardino, al norte del siempre Ávila, y en el lugar que antes, seguramente, ocupó una mantuana casa de campo, te encontré UNA capitalina. Tú, agradecida con ese fresco y verde hábitat caraqueño, conservaste un árbol de porte ancestral. Contemplé y admire a tu Gran Samán que, convertido en un símbolo de la perseverancia y el tesón, alcanzó la inmortalidad en el himno que para ti compuso el poeta coronel. Con cada peldaño que yo subía para llegar a un largo y embarandado corredor aumentaba la presencia de ese Samán. Una vez arriba vi al de “Viaje inverso” y “Salomón”. Un saludo cordial y un abrazo entre colegas cumaneses me ofreció.

Esa visita la sentí como una especie de alianza familiar y, al mismo tiempo, trascendental. Lejos estaba, todavía, nuestra despedida; tiempo tenía para ir contigo a conservar y crear el saber, democrático gesto inmortal. 

Nueve, diez, once, doce… hasta veintitrés puedo contar. No cuento luceros como los contó Luz en el poema de Andrés Eloy. Cuento años de vivir una vida en la lectura, en la escritura, en la investigación, en el aprendizaje, en la enseñanza…, en la Universidad. Años que me han cambiado; y tú, compañera de viaje, has cambiado conmigo. Los maestros de maestros que sostuvieron la vara en mi día bautismal ya no están; y la verdad es que les agradezco tanto ejemplo y tantas muestras de distinción. Hoy, veo otros rostros. Son los mismos rostros que veré el día de tu fiesta de cumpleaños, y el día de mi despedida. 

Ahora, quien luce cincuenta y dos años soy yo, y quien tiene mucha experiencia soy yo. Mi inolvidable UNA, me has permitido ser parte de tu historia. Reconozco que no todo ha sido dulce y armonioso; hubo algunos amargos y desacuerdos en nuestra relación. Pero esta carta no es una buena ocasión para los reclamos; es una excelente ocasión para la despedida y felicitación. Antes de irme, celebro tus cuatro décadas, y te deseo lo mejor. 

Me despido de ti con la nostalgia que trae consigo el recuerdo; con la satisfacción adherida la labor cumplida; con el agradecimiento eterno por una oportunidad de superación; y con la aspiración de saberte activa y protestante en estos momentos aciagos que ensombrecen el presente y el porvenir de la nación. Desde siempre, la Universidad ha sido la Artemisa de las sombras, y la portadora de la luz de un conocimiento libre y diverso capaz de abrazar la fe y la oración. 

“Aun cuando yo pase por el valle más oscuro, no temeré porque tú estás a mi lado”. (Salmo 23:4)

Veintiuno, veintidós y veintitrés…, me falta poco tiempo para el adiós. 

Mi querida Universidad Nacional Abierta, te deseo un feliz cumpleaños con toda la fuerza de mi corazón. Hasta siempre. 


Atte. 

 Úrsula Iguarán

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