1ER LUGAR
Seudónimo: Úrsula Iguarán
Autor: Eukaris de Abreu
Personal Académico CL Sucre
Cumaná, 22 de mayo de 2017
Querida Universidad:
En el comienzo de mi carta, la palabra se muestra esquiva. No quiere llevar la esquirla de
la separación a este acto unista invocado por el espíritu de la celebración. A duras penas se
atreve a salir por el tragaluz de mi inspiración para permitir que te diga, mi entrañable
universidad, que dejarte me rompe el corazón. Enseguida, busco en mi memoria el
recuerdo de lo vivido, e imploro a esa palabra huidiza y andariega que cuente algunos
pasajes del pasado. Así impido su fuga, y la sujeto con hilos de emotividad a una
felicitación. Cumpleañera, con esta carta te felicito, y me despido de ti anunciando el final
de una historia compartida entre tú y yo.
Reconozco que en la antesala de nuestro tiempo no sabía de tu existencia. Por una
casualidad (¿causalidadualidad?) supe que en la Playa de San Luis se encontraba una sede
de la Universidad Nacional Abierta. Pocos días después, me necesitaste, y acudí a la
entrevista con un novel currículum en las manos, y con ansias de superación.
Al fin, el almanaque dejó ver la marca de mi primer día de trabajo: siete de enero de 1994.
Aquella tarde mi alegría insomne continuó su marcha hacia la conquista de un anhelo que
estaba asido a la oportunidad de trabajar en una universidad. Después de una frase de
bienvenida, que, apenas levantando la mirada, una secretaria recitó, nada importó su
terrenal anuncio: “por ahora, profesora, no hay un escritorio disponible para usted”. El
fulano escritorio no ocupaba un lugar en una oficina del Centro Local, y, tampoco lo
ocupaba en mi mente. En ese momento, yo no lo necesitaba, no lo quería, no lo deseaba.
Al otro lado de la puerta, y aguardando por un audiencia, se encontraba el maestro grande
de San Antonio del Golfo. Alto, gallardo e impecablemente ataviado. Entró, y luego de la
presentación de rigor, y de hacerse parte del terrenal anuncio de la secretaria, manifestó su
disposición para compartir conmigo el buró que durante años había tallado con la gubia de
su sabiduría. Tal gesto de caballerosidad quijotesca fue el sello de mi pase a la
congregación académica. Hoy, transcurridos veintitrés años, ese gesto inmortal es parte
del imaginario institucional.
De esta manera inició mi encuentro con tus asesores, mi estimada UNA. Todos veteranos y
versados en el arte de la educación a distancia. Todos conocedores de la andragogía, y
expertos usuarios de los materiales instruccionales. Parecía que yo tenía en contra mi
escasa experiencia. Recuerdo que en un momento de soledad de aquel día bautismal, y
sintiéndome un tanto apabullada, caminé hacia los jardines de tu sede. Podía ver la playa
llenándose de atardecer. Los últimos bañistas, a regañadientes, se daban la zambullida
final. Las cotúas rozaban el agua queriendo atrapar una moribunda ardentía.
Sin liberarme muy bien de ese influjo marino, murmuré: “Dios querido, la UNA ha puesto
la vara muy alto”. En un instante, aquella orilla de mar, que le imponía un hasta aquí al
Centro Local, me colmó de motivación. Entonces, me dije: “sin contar años de
experiencia, la UNA me recibe y me da la oportunidad de beber la ambrosía que disfruta el
maestro cuando quiere fortalecer su formación, e insiste en ser cada vez mejor”. Comencé,
pues, la indagatoria sobre la particular modalidad. Interrogué a García Aretio y a Casas
Armengol. Ellos me sedujeron con la teoría. Y mis estudiantes me fortalecieron con la
práctica. Nada que hacer: pronto fui una profesional convencida de la pertinencia histórica
de la educación a distancia, su defensora a carta cabal, y la pregonera de sus bondades.
Abandoné la visión en blanco y negro de la educación, y pude ver las mariposas amarillas
de Babilonia que anunciaban el auge excepcional de otra manera de enseñar, de otra
manera de aprender. Nunca más, mi UNA, nunca más vi aquella vara que me asustó.
Pasaron siete años desde mi llegada, y dejamos atrás a la Beatriz Elena de San Luis. Esa
colonial morada te cobijó sin prestar atención a la famosa duda razonable con la que los
escépticos calibraban tu aparición en el panorama educativo nacional. Para consolarnos, y
aceptar la partida, los abrumados habitantes de la casa unista nos decíamos: “de aquí en
adelante no habrá sal curtiendo los libros de la biblioteca; no habrá danzas vespertinas
ahuyentando al famélico puri-puri; y no habrá arena inundando cada rincón”. Pero la
verdad es que queríamos la sal, queríamos el puri-puri, y queríamos la arena que, por
derecho propio, pertenecían a la blanca Beatriz. La partida te dolió y nos dolió en el alma.
Un edificio de cuatro pisos ubicado en el centro de la ciudad nos recibió. Allí, presentí las
consecuencias que tendría la soledad en la congregación de tus asesores. No obstante,
entendí la necesidad y relevancia del cambio. Esta nueva sede con sus muchas oficinas te
dio un espacio más” institucional”, más funcional, más urbano y más accesible que atrajo a
numerosos estudiantes.
Con tantas ventajas a la vista, poco a poco mi nostalgia se tornó expectación, y la
expectación se tornó superación. Ay…mi UNA, no puedo decir que crecer contigo fue un
proceso natural. Transcurrieron ocho años, desde el inició de nuestra relación contractual,
hasta que al fin me dijiste “te acepto”. Y, sí, puedo decir que valió la pena esperar. ¡Qué
bueno que la esperanza de la caja de Pandora no se pudo escapar!
Por esa época, visité tu asiento central. En San Bernardino, al norte del siempre Ávila, y en
el lugar que antes, seguramente, ocupó una mantuana casa de campo, te encontré UNA
capitalina. Tú, agradecida con ese fresco y verde hábitat caraqueño, conservaste un árbol
de porte ancestral. Contemplé y admire a tu Gran Samán que, convertido en un símbolo de
la perseverancia y el tesón, alcanzó la inmortalidad en el himno que para ti compuso el
poeta coronel. Con cada peldaño que yo subía para llegar a un largo y embarandado
corredor aumentaba la presencia de ese Samán. Una vez arriba vi al de “Viaje inverso” y
“Salomón”. Un saludo cordial y un abrazo entre colegas cumaneses me ofreció.
Esa visita la sentí como una especie de alianza familiar y, al mismo tiempo, trascendental.
Lejos estaba, todavía, nuestra despedida; tiempo tenía para ir contigo a conservar y crear
el saber, democrático gesto inmortal.
Nueve, diez, once, doce… hasta veintitrés puedo contar. No cuento luceros como los contó
Luz en el poema de Andrés Eloy. Cuento años de vivir una vida en la lectura, en la
escritura, en la investigación, en el aprendizaje, en la enseñanza…, en la Universidad. Años
que me han cambiado; y tú, compañera de viaje, has cambiado conmigo. Los maestros de
maestros que sostuvieron la vara en mi día bautismal ya no están; y la verdad es que les
agradezco tanto ejemplo y tantas muestras de distinción. Hoy, veo otros rostros. Son los
mismos rostros que veré el día de tu fiesta de cumpleaños, y el día de mi despedida.
Ahora, quien luce cincuenta y dos años soy yo, y quien tiene mucha experiencia soy yo.
Mi inolvidable UNA, me has permitido ser parte de tu historia. Reconozco que no todo ha
sido dulce y armonioso; hubo algunos amargos y desacuerdos en nuestra relación. Pero
esta carta no es una buena ocasión para los reclamos; es una excelente ocasión para la
despedida y felicitación. Antes de irme, celebro tus cuatro décadas, y te deseo lo mejor.
Me despido de ti con la nostalgia que trae consigo el recuerdo; con la satisfacción adherida
la labor cumplida; con el agradecimiento eterno por una oportunidad de superación; y con
la aspiración de saberte activa y protestante en estos momentos aciagos que ensombrecen
el presente y el porvenir de la nación. Desde siempre, la Universidad ha sido la Artemisa de
las sombras, y la portadora de la luz de un conocimiento libre y diverso capaz de abrazar la
fe y la oración.
“Aun cuando yo pase por el valle más oscuro, no temeré porque tú estás a mi
lado”. (Salmo 23:4)
Veintiuno, veintidós y veintitrés…, me falta poco tiempo para el adiós.
Mi querida Universidad Nacional Abierta, te deseo un feliz cumpleaños con toda la fuerza
de mi corazón. Hasta siempre.
Atte.
Úrsula Iguarán
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